miércoles, 6 de julio de 2011

La crónica y el futbol Parte II

Por Jorge Esteban Herrera

     El incansable prueba y error de las articulaciones fonéticas de un niño, sólo son posibles a partir de lo que él percibe a su alrededor. Al comienzo de su existencia, el niño, se ve invadido de centenares de palabras cuyo grado de complejidad varían en relación al marco de referencia de la familia. Gracias a esta incansable reproducción y repetición de sonidos, se inicia un proceso de mimetismo del habla. Lo normal es que los padres busquen afanosamente que su hijo evoque por primera vez “mamá” o “papá”. Aunque la realidad demuestra que las primeras palabras de un niño, son intentos fallidos de hilvanar otras más complejas. Como le es imposible asir los términos, y la reproducción perfecta del sonido se le imposibilita, trata de acercarse a las sílabas que le ocasionen una eufonía. O encontrar un reducto sonoro clave, que envuelva en él el signo lingüístico. El guau o el miau son tan válidos para ellos, como para nosotros decir perro y gato. Pero no siempre se cuenta con la figura paterna o materna que adoctrine a su hijo en el arte del lenguaje. A veces éstos tienen que trabajar y aparece una tercera figura: la televisión. A raíz de este suceso, el tráfico de palabras en un hogar se ha vuelto oblicuo: La reproducción de palabras se segmenta por horas y pasa de lo singular a lo complejo. Ciertos programas de televisión hacen elucubrar que el niño terminará manejando un español tan atildado como lo hacía Alfonso Reyes, otros lo condenan a un uso del lenguaje de manera procaz y en casos extremos lo llevarán a remontarse al hombre de las cavernas y practicar los sonidos guturales. Si bien es cierto que tales suposiciones no son un designio de oráculo, y que las posturas de Basil Bernstein a través de los códigos ya han sido refutadas, es innegable que aún queda un atisbo de duda de lo que la televisión puede propiciar en los niños en su etapa de aprendizaje del habla.

     Lo irrefutable es que la televisión se ha vuelto tradicionalista: los fines de semana son de futbol. Los aficionados se olvidan del mundo exterior y se obcecan a los partidos que el fin de semana les depara. Parte de esa tradición sentencia que el futbol es para disfrutarse en familia. Atrás ha quedado el complejo de que el futbol únicamente lo ven los hombres. Cada vez son más las mujeres que se interesan por los futbolistas y su manera de moverse en la cancha.  Así como también son más los niños que crecen sin comprender que están viendo jugar al Barcelona. Pero ese desconocimiento que parecería baladí, se vuelve toral para el niño que comienza a pronunciar sus primeras palabras, por lo que la idea de que en ciertos países la primera palabra que articule sea “gol”, no parece tan desaforada. Más allá que la palabra gol según su articulación bucal, esté compuesta de una apertura 0 oclusiva-gutural (g), apertura 5 (o) y apertura 3 líquida-dental (l), al niño le resultará fácil emularla al ser una palabra tan efusiva como anhelada para quiénes vean el partido. Aunque claro está, que la repetirá sin comprender su realidad biplánica (pero dicha realidad aún sigue siendo un enigma que resolver para los aficionados). Bajo esta premisa, el futbol crea seguidores pueriles, a los que les resulta más inteligible recitar como poema la alineación de la selección, que el nombre de su bisabuela.

     Conforme pasa el tiempo el niño crece y maneja con mayor pericia su lenguaje. Se vuelve capas de comprender y emplear los códigos lingüísticos utilizados en su entorno social. Pero el niño que creció bajo el influjo de la crónica del futbol poseerá términos más especializados. Fuera de lugar, tiro de esquina y saque de banda dibujarán un signo de interrogación en la imagen acústica de quién no posee un marco de referencia de ellos. Sin embargo, en el constante intercambio de signos lingüísticos que brotan de una crónica de futbol, éstos no están limitados a la terminología del juego. Hablar durante 90 minutos con palabras tan especializadas conduce a una narrativa soporífera. Por lo que los cronistas han decidido erigir su crónica bajo otros argumentos. Culturales, eufemistas, risibles, muchas son las vertientes que dimanan del relato. En los años 60 y 70 los niños estaban acostumbrados a pronunciar con sutileza los apellidos de los jugadores de Europa del este; en la década de los 90 se adoctrinaron para buscar motes zoológicos para cada futbolista y situación que se suscitara dentro del partido; la actualidad, los ha proyectado a practicar una locuacidad cimentada en la adjetivación. Los pateticismos del futbol son expresados con los tonos que merecen la ironía punzante. El futbolista que abanica la pelota o termina colocándola en alguna fila superior de la 20 del estadio, según el cronista, estuvieron a punto de sufrir una ruptura del tendón rotuliano, o impactar a una persona que ni veía el partido; en cambio, al que la virtud lo asedia, podrá ser un pariente lejano de Baryshnikov y hacer que el campo se vuelva un atildado teatro, y el equipo campeón de la Champions League será la filarmónica más importante del orbe.

    La crónica crea aficionados, pero no únicamente los hace de una franja ínfima, como lo es el futbol, sino también del lenguaje. Contrario a Sartori que menciona: “La cultura es de los "cultos", no de los ignorantes. Y éste es el sentido que nos permite hablar (sin contradicciones) de una "cultura de la incultura"; y asimismo de atrofia y pobreza cultural.” (Sartori, Homo videns La sociedad teledirigida, p. 45). La crónica se encuentra en la constante lucha de lo cultural y la pobreza cultural. Es cierto que no todos los cronistas pueden jactarse de tener el hábito de la lectura, y ésto es algo que el periodista deportivo, Heriberto Murrieta, critica severamente, puesto que la crónica cobra vida a partir del cronista, así como una obra literaria dependerá del conocimiento de los elementos y técnicas narrativas del autor, la crónica penderá del hilo de la voz y la sinapsis de su locutor. La crónica y el lenguaje son elementos indisociables. Son un juego literario, en el que el cronista tiene la capacidad de contar con otras palabras, y de manera diáfana lo que el aficionado normal no logra percibir. Para el cronista cuyo único talento se funde en su melódica voz, las posibilidades de ofrecer un relato exánime son altas. Más aún de cumplir la sentencia que da Murrieta a la crónica taurina “Hoy, como estos cronistas nefastos son analfabetos taurinos del lenguaje, crean analfabetos aficionados, del lenguaje y de la fiesta.”. El aficionado que sólo sabe hablar de futbol se volverá inculto del mismo deporte. Es por ello que la crónica tiene la imperiosa necesidad de ofrecer un repertorio vasto en sus expresiones lingüísticas y culturales. El cronista que no trasciende de la esfera del deporte para adentrarse a otras regiones del intelecto y extrapolarlas al deporte, terminará por crear una pléyade de aficionados regidos por un mismo sistema de signos y códigos que tienen como un común denominador un desconocimiento total de la lengua y un uso irrisorio de ella.

     El niño aficionado que crece imitando las palabras de los cronistas se volverá una incógnita que resolver en un sistema de ecuaciones. Las constantes fonéticas son capaces de alterar el resultado final. Algunos niños repiten constantemente al teatro Bolshoi, por que lo escucharon de su cronista favorito. Pronto se cansarán de esa repetición que se encausa a una orfandad de significado de la palabra y terminará por investigarla. Y así como su prurito irrefrenable del lenguaje lo llevará a ascender en su sistema de signos y códigos, pronto se dará cuenta que la evolución lingüística de la crónica también se vuelve algo irrecusable.

     No todos los cronistas podrán ser Homero y hacer de un partido de futbol una épica, pero el cronista que desconoce al autor griego y al género literario ofrecerá un machacón de palabras vacuas y situaciones triviales que acontecen en el terreno de juego. Sus aficionados directa o indirectamente podrán heredar de él cierta tendencia a repetir sus patrones lingüísticos y en los más jóvenes, éste les podrá imbuir una orfandad del lenguaje.


Bibliografía

1-      Saussure, Ferdinand  (1994). Curso de lingüística general, Editorial Fontamara
2-      Bolaño, Sara. (1993). Introducción a la teoría y práctica sociolingüística Editorial Trillas.
3-      Martines, Manuel. (2001). Teoría y práctica de la lingüística moderna, Editorial Trillas.
4-      Sartori, Giovanni. (2010). Homo Videns La sociedad teledirigida, Santillana Ediciones Generales.
5-      Swadesh, Mauricio. (1966). El lenguaje y la vida humana, Fondo de cultura económica.
6-  Solares, Ignacio. (2008). Heriberto Murrieta y la clase literaria en las crónicas. (Vertientes del toreo mexicano, libro)(Columna), Editorial Cruzada, S. A de  C. V.



       Jorge Esteban Herrera Plascencia


A     Actualmente es estudiante de 12vo. Trimestre de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Occidente Unidad Los Mochis, en Sinaloa México. Premio Estatal de Cuento de Cobaes 2006 (Categoría Bachillerato) y 2009 (Categoría Juvenil).

2 comentarios:

  1. Felicidades Jorge por tan elocuente artículo que nos transporta al mundo lúdico-lingüístico a través del futbol como espacio de análisis lingüístico-comunicacional.
    Esperamos la segunda parte...según es vuestra intención. Recuerda que "se hace camino al andar" y ojalá otros jóvenes decidan seguir tu ejemplo.

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  2. Jorge Gastélum V.10 de julio de 2011, 19:55

    Mi estimado Jorge Esteban, me da un enorme gusto que aparte de esa veta de literato que traes en tus venas, nos hagas participes de tus análisis del fenómeno comunicacional, que este sea solo el inicio de tus participaciones ahora ya como egresado de Comunicación, sé que buscaras desarrollarte fuera de la región, solo un consejo: mantén permanente ese vínculo con tu universidad a través de este blog, con tus amigos y tus maestros, éxitos y un fuerte abrazo

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